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Hoy tiene un esposo y un hijo que abrazan su triste historia. Si hoy confiesa su dolor es para que no se repita. Veinte años guardó silencio por vergüenza, hasta que conoció a Marcela Loaiza, la autora y protagonista del libro Atrapada por la mafia Yakuza. No estarían contando lo que Loaiza cuenta entre líneas dolorosas.

No tendrían que recordar, en palabras de otras, ese lugar nefasto, ese pedazo de oscuridad, esa tumba sin sol donde Martha Corrales sintió la muerte y el desprecio, esos teatros de prostitución donde ella fue tan solo una sombra debajo de muchas sombras, una inquilina de su propia desgracia. Sus días de vestirse como muñeca de la mafia, con un nombre y un color de pelo falsos, ya pasaron. Hoy, Martha, gracias a las Hermanas Adoratrices, tiene la paz de tener un oficio, una familia y una causa por la cual levantarse todos los días.

Hoy Martha nos espera en una pequeña oficina de Naciones Unidas. Sentimientos cautivos, palabras liberadas. Sí, por eso la cuento, porque sé que alguien en este momento puede retroceder al escuchar mi historia.

Un país que era muy lejano, una tierra de karatecas. Mi situación económica era precaria y eso alimentó las ganas de irme.

Yo tenía una familia, pero estaba en una situación terrible. Los hermanos vivíamos juntos, pero cada quien hacía lo que quería. Éramos siete, yo soy la cuarta. No había familia, no había lo que yo deseaba, porque salí de mi casa a los diez años y regresé cuando tenía Sí, era una extraña que hizo quedar mal a la familia en todas partes. Sin embargo, ellos me volvieron a recibir; yo no tenía nada claro. Mi oportunidad fue viajar a Japón. Conocí otra realidad cuando me entregaron a la mafia. Nos llevaron a Osaka y después a Tokio.

Nos hospedaron en un teatro en donde posteriormente nos entregaron a la mafia. Conmigo iban mi hermana menor, yo tenía 24 años y ella 20, y los que me llevaban: Después me dejaron sola.

Creí que vendiendo mi cuerpo lo iba a lograr y fue algo muy equivocado. Yo había sido violada, entonces le tenía recelo al sexo. Le tenía miedo, pero tenía que afrontar la verdad de lo que iba a ser. Sí, yo necesitaba plata. Después de que me entregaron al teatro ya no pude hacer nada. Quedé a merced de ellos, ahí perdí mi identidad, me pintaron el cabello de rubio.

Mi nombre también fue cambiado. Le comenté a Carlos Andrés Pérez, uno de los abogados de la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito, que cuando en la serie La promesa empiezan a desvestir a las mujeres raptadas, yo huyo despavorida del televisor. No quiero verlo porque vuelvo al pasado. Ese es el estilo de Japón y no sé hoy en día cómo sea. En ese entonces varios hacían fila para estar conmigo frente a todos.

Es muy cruel para uno, recuerdo que quise devolver el tiempo y gritar, quise retroceder y no pude porque me amenazaron. Y tampoco había lugar a dónde ir, uno se siente frenado por el idioma.

Psicológicamente, uno se encierra y ellos de por sí lo tienen a uno ahí. Cada diez días nos trasladaban a diferentes ciudades y pueblos. Cada diez días nos rotaban, me llevaron a teatros con auditorios y escenarios en Yokosuka, Ekibocuro, Kusikaya, Yokohama y Osaka. Sí, hubo días que pude salir, pero siempre me pregunté por mi hermana. Yo quería escapar, quería que alguien me sacara y al mismo tiempo volvía la pregunta: Sabía que si me iba dejaba algo muy importante.

No, gracias a Dios no me dieron droga, pero yo sí fui consumidora, y gracias a Dios también lo superé. No, las luces, casi siempre eran rojas en medio de la oscuridad. Es meterse en una oscuridad sucia y despiadada. No ver el sol es triste. El día que lo volví a ver fui muy feliz. Duré seis meses porque, gracias a Dios, me enfermé. Estaba decaída físicamente, me dolía mucho la espalda y las piernas, y tenía hinchadas las manos.

Recuerdo que no podía caminar y un día migración llegó al lugar y me rescató. Me dejaron porque no pude seguir viajando. Luego de eso llegué a Colombia, todavía sin poder caminar. Duré varios meses sin pararme. Sí, eso fue lo que me causó mi enfermedad, porque mi cintura y mis caderas se inflamaron. Fue un dolor insoportable. Me tenían que bañar. Como a un niño chiquito, todo me lo tenían que hacer.

Perdí la fuerza de mi cuerpo. Conocimiento y haber tenido mejores oportunidades. Faltó alguien que me dijera: Yo no tuve esa persona. Era como estar en un globo, no tenía un norte fijo, no tenía nada. Para mí fue un infierno, un infierno donde todo se pierde Ya lo recuperé, yo hoy me siento bien porque he encontrado personas lindas, oportunidades muy buenas, soy profesional, tengo mi trabajo. Estudié técnico de bordado industrial donde las Hermanas Adoratrices. Ellas me recibieron cuando yo llegué, me dieron una oportunidad de formarme.

Cuando yo vi a Marcela Loaiza la autora y protagonista del libro Atrapada por la mafia Yakuza por la televisión por primera vez, me emocionó escucharla, pero también me causó tristeza porque yo nunca me atreví a contar mi historia. Cuando mostró su libro sobre esta mafia, para mí fue una alegría inmensa saber que había alguien que estaba hablando. Un portavoz del Departamento de la Policía Metropolitana de Tokio contesta con evasivas durante una conferencia telefónica: Cuando le pregunto sobre las patrullas en grupos, dice, "De momento no tenemos comentario".

Alcanzo a Rosa en el Cañandonga, un bar-restaurante colombiano. Después de bajar una pequeña escalera a un lado de la calle Hyakunin y cruzar una puerta con el letrero "No se admiten iraníes", llego a un mal iluminado cuarto hediondo a pollo frito. Hay una docena de parroquianos, la mayoría de ellos sudamericanos. Pido una cerveza, me echo mi boina vasca sobre los ojos, y trato de parecer española.

Hacia las cinco de la mañana entra un hombre de aspecto sudamericano de casi treinta años, al que saluda un dandi japonés con un traje color ladrillo. El par se sienta a la mesa en un rincón y pronto se les unen otros dos hombres. Ponen sobre la mesa una caja de zapatos y la abren; y sacan varios paquetes envueltos en papel de aluminio y los reparten. No puedo creer que esto esté pasando, a ojos de todos. Trato de mostrarme indiferente, y me dedico a mirar la etiqueta roja de mi cerveza Club Colombia mientras echo miradas al espejo de la pared, donde veo el reflejo de lo que pasa.

Llevan uno de los paquetes de aluminio a la barra, y veo el destello de un acerado cuchillo. El barman me mira. Creo que acaba de echar por tierra mi tapadera, y mientras me acerco a la barra, todo un montón de clichés sobre los colombianos malos me pasa por la cabeza. Miro el paquete de aluminio. Es un regalo de la familia.

Me siento como una idiota. Sin drogas, sin peleas, sin problemas. Rosa, que lleva una boina como la mía, le dice a sus clientes que es española. La mayoría de los clientes son hombres de negocios japoneses, aunque Rosa también ha tenido algunos extranjeros.

En un buen día puede tener varios clientes.

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El servicio que ofertan estos muchachos de pelo lacado consiste en beber y conversar con ellas durante la noche en el bar para el que trabajan, aunque también cabe la posibilidad de ir a cenar o dar un paseo durante el cual él puede regalarle flores, bombones y llenarla de piropos. Un país que era muy lejano, una tierra de karatecas. Sabía que si me iba dejaba algo muy importante. No crean en ninguna forma de prostitución. No quiero verlo porque vuelvo al pasado. No, ya me pasaron.

Como a un niño chiquito, todo me lo tenían que hacer. Perdí la fuerza de mi cuerpo. Conocimiento y haber tenido mejores oportunidades. Faltó alguien que me dijera: Yo no tuve esa persona. Era como estar en un globo, no tenía un norte fijo, no tenía nada. Para mí fue un infierno, un infierno donde todo se pierde Ya lo recuperé, yo hoy me siento bien porque he encontrado personas lindas, oportunidades muy buenas, soy profesional, tengo mi trabajo.

Estudié técnico de bordado industrial donde las Hermanas Adoratrices. Ellas me recibieron cuando yo llegué, me dieron una oportunidad de formarme. Cuando yo vi a Marcela Loaiza la autora y protagonista del libro Atrapada por la mafia Yakuza por la televisión por primera vez, me emocionó escucharla, pero también me causó tristeza porque yo nunca me atreví a contar mi historia.

Cuando mostró su libro sobre esta mafia, para mí fue una alegría inmensa saber que había alguien que estaba hablando. Yo también quería hablar, pero no encontraba la manera de hacerlo. Lo suyo fue 10 años antes de lo que le ocurrió a Marcela Loaiza. Nos contactaron por medio de las Hermanas Adoratrices porque yo ya había hablado aquí en los medios, y también había sido invitada a España a una campaña para combatir la trata de personas. Es impresionante vivir con ese silencio, pero hoy me siento muy contenta de poder abrirme y contar una verdad que hace daño a la sociedad, no solo en nuestro país, porque esto es mundial.

Nunca pensé que la ambición por el dinero me llevara a vivir esto. Si uno se iba lo mataban. Yo ya me sentía desarmada, especialmente por mi hermana. Mí tortura psicológica fue pensar en mi hermana. No sabía dónde estaba, preguntaba y nadie me decía, apenas dos veces nos comunicamos en los seis meses.

Que ella no sabía dónde estaba, solamente supo de Saporo y en otro lado me dijo: La soltaron sin documentos a la calle. No tenía dónde dormir. Para conseguirse el tiquete a Colombia le tocó volver a prostituirse en la calle. Mi hermana no era mi hermana, llegó como un esqueleto con 22 años de edad. Perdí una parte de mi vida. Perdí dignidad, pero Dios se ha encargado de darme cosas mejores.

Hoy tengo un hogar muy lindo. Mi hijo y mi marido me entienden, no me critican y me dan la oportunidad de seguir adelante. Con mi esposo no fue tan difícil porque desde el momento que nos conocimos le empecé a contar quién era yo. Él me acepta tal como soy y yo lo acepto tal cual es. Yo no encontraba cómo decírselo, eso me encerró en una circunstancia en la que yo lloraba y lloraba Y yo le digo: Y mi hijo continuó: Esa fue su respuesta.

El sol tan radiante de ese lunes para mí fue inolvidable, amanecer libre y decir me voy a estudiar. Ahí empezó mi sanación. Tres años y me volví profesional. Mi trabajo es hacer bordado industrial. Estoy con la ONU, con la fundación Marcela Loaiza, que nos apoya en esta obra de teatro Cinco mujeres, un mismo trato , en la que se habla sobre las historias de cinco mujeres explotadas y sometidas y cómo logran salir de esa pesadilla.

Sí, tengo dos grandes amigas que también superaron todo esto. Una estuvo en Japón y otra aquí en Colombia conmigo. Son mis amigas y siempre nos comunicamos. Cuando uno conoce a Dios, la vida cambia porque uno sabe que ya no se puede mandar solo. No crean en ninguna forma de prostitución.

Es un gran engaño. Conocí niñas a las que les dijeron que iban de enfermeras. No, ya me pasaron. Soñaba que me cogían y me apretaban, que me ahorcaban, soñaba que algo me apretaba el estómago, era terrible. Pasé noches sin dormir. Pero el peor castigo para los delincuentes es cuando se dan cuenta de que han hecho mucho daño.

Su pena es su conciencia. Ya no siento miedo porque ya lo exorcicé, ya saqué esa situación psicológica que me ataba, que me amarraba. Me daba vergüenza mirar a las personas a los ojos. Mientras nos despedimos, reacciona de improviso y casi que mete su pequeña cabeza dentro de su cartera inmensa, luego aparece de nuevo con un broche en forma de un corazon de color azul, que representa la tristeza de las víctimas de la trata de personas.

Infortunadamente, por cada persona que confiesa su tragedia, veinte callan. El impactante testimonio de Martha Corrales, una bogotana que viajó a Japón consciente y decidida a hacer plata con su cuerpo pero terminó esclavizada por la mafia. Yo no había estudiado, siempre me he autoeducado en la calle. Usted quería hacer dinero. Al día siguiente, en la noche, después de un viaje de cinco días.

Sí, japoneses de todas las edades y una sola colombiana que de vez en cuando se dejaba ver. Negro y rojo todo el tiempo. En ese entonces la llamaban trata de blancas, pero para mí eso era muy lejano.

Hice daño sin pensarlo, se hace daño cuando uno guarda silencio de todo esto. Ya habían pasado como veinte años. Sí, ella nos llamó a Colombia en cuatro ocasiones. Sí, gracias a Dios. Hoy en día estoy dispuesta a ir, hay que exorcizar todo eso. Es jueves noche, 3 de la mañana, Okubo. La calle donde estoy se extiende unos metros desde el poniente del parque de Nishi Okubo -una miserable plaza cuadrada llena de basura- hacia una gris muralla de concreto que sostiene la línea JR Chou al sur de la estación de Okubo.

Un portavoz del Departamento de la Policía Metropolitana de Tokio contesta con evasivas durante una conferencia telefónica: Cuando le pregunto sobre las patrullas en grupos, dice, "De momento no tenemos comentario". Alcanzo a Rosa en el Cañandonga, un bar-restaurante colombiano. Después de bajar una pequeña escalera a un lado de la calle Hyakunin y cruzar una puerta con el letrero "No se admiten iraníes", llego a un mal iluminado cuarto hediondo a pollo frito.

Hay una docena de parroquianos, la mayoría de ellos sudamericanos. Pido una cerveza, me echo mi boina vasca sobre los ojos, y trato de parecer española. Hacia las cinco de la mañana entra un hombre de aspecto sudamericano de casi treinta años, al que saluda un dandi japonés con un traje color ladrillo. El par se sienta a la mesa en un rincón y pronto se les unen otros dos hombres. Ponen sobre la mesa una caja de zapatos y la abren; y sacan varios paquetes envueltos en papel de aluminio y los reparten.

No puedo creer que esto esté pasando, a ojos de todos. Trato de mostrarme indiferente, y me dedico a mirar la etiqueta roja de mi cerveza Club Colombia mientras echo miradas al espejo de la pared, donde veo el reflejo de lo que pasa. Llevan uno de los paquetes de aluminio a la barra, y veo el destello de un acerado cuchillo. El barman me mira.

Creo que acaba de echar por tierra mi tapadera, y mientras me acerco a la barra, todo un montón de clichés sobre los colombianos malos me pasa por la cabeza.

Miro el paquete de aluminio. Es un regalo de la familia. Me siento como una idiota. Sin drogas, sin peleas, sin problemas. Rosa, que lleva una boina como la mía, le dice a sus clientes que es española.

Duré seis meses porque, gracias a Dios, me enfermé. Sus días de vestirse como muñeca de la mafia, con un nombre manifestacion prostitutas prostitutas moldavas plaza castilla un color de pelo falsos, ya pasaron. Creí que vendiendo mi cuerpo lo iba a lograr y fue algo muy equivocado. La zona debe su nombre a un teatro kabuki arte escénico tradicional japonés proyectado en los años cuarenta, pero que nunca llegó a construirse. Sin drogas, sin peleas, sin problemas. Ese es el estilo de Japón y no sé hoy en día cómo sea. Infortunadamente, por cada persona que confiesa su tragedia, veinte callan.

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